jueves, 25 de junio de 2009

Conocer para poder ser libre

Interesante carta que el socialista ateo francés Jean Jaurés, fundador del periódico L’Humanité, escribió dirigida a su hijo, y publicada en 1919:

Querido hijo: Me pides un justificante que te exima de cursar religión, un poco por tener la gloria de proceder de distinta manera que la mayor parte de los condiscípulos y temo que también un poco para parecer digno hijo de un hombre que no tiene convicciones religiosas. Este justificante, querido hijo, no te lo envío ni te lo enviaré jamás.

No es porque desee que seas clerical, a pesar de que no hay en esto ningún peligro, ni lo hay tampoco en que profeses las creencias que te expondrá el profesor. Cuando tengas la edad suficiente para juzgar, serás completamente libre pero, tengo empeño decidido en que tu instrucción y tu educación sean completas, y no lo serían sin un estudio serio de la religión.

Te parecerá extraño este lenguaje después de haber oído tan bellas declaraciones sobre esta cuestión; son , hijo mío, declaraciones buenas para arrastrar a algunos pero que están en pugna con el más elemental buen sentido. ¿Cómo sería completa tu instrucción sin un conocimiento suficiente de las cuestiones religiosas sobre las cuales todo el mundo discute? ¿Quisieras tú, por tu ignorancia voluntaria, no poder decir una palabra sobre estos asuntos sin exponerte a soltar un disparate?

Dejemos a un lado la política y las discusiones y veamos lo que se refiere a los conocimientos indispensables que debe tener un hombre de cierta posición. Estudias mitología para comprender historia y la civilización de los griegos y de los romanos y ¿qué comprenderías de la historia de Europa y del mundo entero después de Jesucristo, sin conocer la religión, que cambió la faz del mundo y produjo una nueva civilización? En el arte ¿qué serán para ti las obras maestras de la Edad Media y de los tiempos modernos, si no conoces el motivo que las ha inspirado y las ideas religiosas que ellas contienen?

En las letras ¿puedes dejar de conocer no sólo a Bossuet, Fenelón, Lacordaire, De Maistre, Veuillot y tantos otros que se ocuparon exclusivamente de cuestiones religiosas, sino también a Corneille, Racine, Hugo, en una palabra a todos estos grandes maestros que debieron al cristianismo sus más bellas inspiraciones? Si se trata de derecho , de filosofía o de moral ¿puedes ignorar la expresión más clara del Derecho Natural, la filosofía más extendida, la moral más sabia y más universal? –éste es el pensamiento de Juan Jacobo Rousseau-. Hasta en las ciencias naturales y matemáticas encontrarás la religión: Pascal y Newton eran cristianos fervientes; Ampere era piadoso; Pasteur probaba la existencia de Dios y decía haber recobrado por la ciencia la fe de un bretón; Flammarion se entrega a fantasías teológicas.

¿Querrás tú condenarte a saltar páginas en todas tus lecturas y en todos tus estudios? Hay que confesarlo: la religión está íntimamente unida a todas las manifestaciones de la inteligencia humana; es la base de la civilización y es ponerse fuera del mundo intelectual y condenarse a una manifiesta inferioridad el no querer conocer una ciencia que han estudiado y que poseen en nuestros días tantas inteligencia preclaras.

Ya que hablo de educación: ¿para ser un joven bien educado es preciso conocer y practicar las leyes de la Iglesia? Sólo te diré lo siguiente: nada hay que reprochar a los que las practican fielmente, y con mucha frecuencia hay que llorar por los que no las toman en cuenta. No fijándome sino en la cortesía en el simple ‘savoir vivre”, hay que convenir en la necesidad de conocer las convicciones y los sentimientos de las personas religiosas. Si no estamos obligados a imitarlas, debemos por lo menos comprenderlas para poder guardarles el respeto, las consideraciones y la tolerancia que les son debidas. Nadie será jamás delicado, fino, ni siquiera presentable sin nociones religiosas.

Querido hijo: convéncete de lo que digo: muchos tienen interés en que los demás desconozcan la religión, pero todo el mundo desea conocerla. En cuanto a la libertad de conciencia y otras cosas análogas, eso es vana palabrería que rechazan de ordinario los hechos y el sentido común.

Muchos anti-católicos conocen por lo menos medianamente la religión; otros han recibido educación religiosa; su conducta prueba que han conservado toda su libertad.

Además, no es preciso ser un genio para comprender que sólo son verdaderamente libres de no ser cristianos los que tienen la facultad de serlo, pues, en caso contrario, la ignorancia les obliga a la irreligión. La cosa es muy clara: la libertad exige la facultad de poder obrar en sentido contrario.

Te sorprenderá esta carta, pero precisa hijo mío, que un padre diga siempre la verdad a su hijo. Ningún compromiso podría excusarme de esa obligación.

Recibe, querido hijo, el abrazo de TU PADRE.

miércoles, 10 de junio de 2009

¿Llevarse todos bien?


Ayer tuve una conversación telefónica que duró horas -y que, afortunadamente, no pagué yo- en la que hablamos, un colega y yo, de las dificultades relacionadas con la pareja (pues el compañero sufre de ese mal desde hace un mes aproximádamente), de la carrera universitaria de Ciencias del Mar, de escualos (tiburones en lenguaje común) y, finalmente, de la humanidad y las ganas que tienen algunos de que todo el mundo se lleve bien.

Esta persona, intuyo -por lo que le conozco- de buen corazón y con muchas ganas de vivir en paz y en armonía con el mundo, me decía que la violencia no servía para nada y que lo necesario era que todos viviésemos en paz, encontrando un equilibrio entre los pueblos alzados en armas para que al final todos acabásemos siendo coleguitas, o por lo menos vecinos respetuosos, los unos de los otros.

Yo tuve que contestarle que, si bien la opinión sobre la violencia me la reservaba (ese es otro debate), lo que me decía era una utopía en toda regla. Puede parecerme mejor o peor, pero realmente el hecho de "vivir todos en paz y armonía" ni me lo he llegado a plantear al ser ésta una posibilidad inviable. ¿Todo el mundo respetando al de al lado, para que no haya conflictos bélicos ni odios?, si, eso es lo que pensamos los que estamos aquí, rodeados de una rutina tranquila y un entorno estable, pero aquel que, en algún lugar de este mundo, no sabe si su padre va a volver a casa a cenar esta misma noche no creo que lo tenga tan claro...

Su argumento inicial -y único- para defender su postura fue decirme que los animales no se matan entre ellos (de la misma especie, se entiende). Argumento que se fue al garete sin irnos demasiado lejos, porque, de hecho, el cerdo ibérico macho normalmente tiende a cargarse a sus crías recién nacidas, por una cuestión de espacio. Curiosamente, el ser humano también empezó a darse de hostias allá por el Neolítico (hará alrededor de unos 7.000 años antes del nacimiento de Cristo) por cuestiones de espacio. Y, como curiosidad aportada para amenizar esta lectura, comentaré que los cementerios también surgieron, más que por un culto hacia alguien o algo, como forma de reivindicar un territorio.

Bien, pues tras unos cuántos años esa territorialidad también ha evolucionado y se ha convertido en algo más radical; identidad.

Ya se lo dije a mi oyente anoche; que él desde la calle Hermanos García Noblejas en Madrid y yo desde la calle Arturo Soria, también en Madrid, podíamos decir y comentar cualquier hecho bélico y posible solución a él con la racionalidad y la lógica que otorga la distancia. Como yo puedo comentar sin perder los estribos que al vecino del tercero le ha puesto los cuernos la novia. Sin embargo, si yo fuese el vecino del tercero, y por lo tanto la víctima del percal, no me lo tomaría de forma tan racional, lógica y tranquila. Precisamente porque entonces yo estaría involucrado en el tema, y me afectaría de forma directa. Se llaman sentimientos, creo.

Entonces, desde la tranquilidad que nos otorga Madrid, y la tranquilidad que nos otorga el saber que mañana saldrá el sol, que mi padre irá a trabajar como todas las mañánas y volverá como todas las noches a cenar, y que, en general, la gente que aprecio estará bien y mi rutina no se verá alterada en forma negativa de manera radical, yo puedo decir misa sobre el conflicto palestino-israelí, por poner un ejemplo. Pero al moro al que le han volado la casa de un bombazo llevándose a media familia por delante o al judío que ha perdido a su mujer e hijos en un atentado suicida en la ciudad de Tel Aviv, pues no les vas a pedir que sean tolerantes, que respeten y que busquen el equilibrio para que haya paz con el que se ha cepillado a su familia. Vamos, por poder puedes pedírselo, pero su reacción no la preveo agradable. Porque, aunque algunos querrán paz, otros muchos, afectados directamente por la desgracia de que alguien te ha quitado a un ser querido, quieren venganza.

Y para argumentar mi posición con una situación más cercana, puse como ejemplo nuestros tan queridos Balcanes, que están aquí, a la vuelta de la esquina. Se dejaron de matar entre ellos (mención especial para croatas y serbios en este aspecto) hace casi dos décadas, y sin embargo, desde entonces, sigue habiendo fuerzas armadas internacionales -españolas también- en Bosnia preservando un poco el percal, siguen sin enfrentarse equipos serbios y croatas en competiciones europeas de fútbol, y, yo que he estado allí, veo que harán falta otros 80 años para que, poco a poco, la gran mayoría de la sociedad tanto croata como serbia olvide viejos rencores y aprenda, no ya a convivir, sino a tolerar la presencia del otro.

Y, si hace falta un siglo para que dos naciones en pleno corazón del llamado primer mundo (Europa en este caso) logren tolerarse sin que haya que vigilarlas, ¿cuánto tiempo necesitarán las tribus africanas que nadie tiene catalogadas, y que sólo saltan a la luz cuando se llevan a alguna monja europea por delante?. Por no decir, claro, que este mundo no puede estar cien años sin que surja ningún conflicto en ninguna parte.

Sencillamente, somos demasiados.