martes, 26 de mayo de 2009

Mea culpa


Hay veces en las que uno tiene que ver un problema, o un conflicto, con una perspectiva amplia para obtener una buena visión del panorama. Es como el que está paseando por una ciudad y el que la ve desde un helicóptero. El que pasea no ve más allá de los edificios más próximos y el que está en un helicóptero la ve con perspectiva aérea, lejana... en definitiva, viendo el conjunto de la ciudad, y no sólo dos o tres calles.

Pues eso es lo que pasa con toda la polémica del comúnmente conocido como Proceso de Bolonia, el cual afecta a todas las universidades públicas españolas. Y pasa que aquí pocos hacen autocrítica y pocos ven el conjunto de factores que están llevando a que éste se implante "sí o sí" en la universidad.

Yo no voy a entrar a valorar el Proceso de Bolonia, ni lo que quiere imponer (el Espacio Europeo de Educación Superior, alias EEES), porque sinceramente, aunque tengo una vaga idea de lo que hay, no me considero una persona lo suficientemente informada como para entrar a debatir este asunto. Hay páginas en Internet que hablan largo y tendido del tema. Yo sólo tengo como estudiante dos cosas claras, y es que, por un lado, la información oficial escasea, mientras que por otro lado veo que la pasividad del alumnado y de gran parte del profesorado es evidente. Pero ni una parte reconoce esto, ni la otra reconoce lo otro.

Y como ejemplo pondremos una votación que hubo el pasado 23 de abril en la Universidad Complutense de Madrid convocada por la Delegación de Estudiantes. La votación no era muy complicada; tú llegabas a las facultades y encontrabas mesas en las que te facilitaban una papeleta y votabas, dando previamente tu nombre, tu DNI y confirmando los estudios que cursabas. Así de simple y de sencillo. Además, no era una votación para cancelar o aprobar Bolonia definitivamente. Para nada. Era una votación en la que tú opinabas cómo estabas de informado y si querías pausar momentáneamente el Proceso para que hubiese un debate que, en realidad, no ha habido hasta el momento.

El resultado final demostró que un 88,74% de los participantes estaban a favor de parar Bolonia para debatir el proyecto. Eso supone una mayoría abrumadora frente al 5,16% que estaba en contra de parar Bolonia y el 5,8% que se mostraron indiferentes.

Sin embargo, y a pesar de estas estadísticas, el rectorado obvió el resultado de la votación y no ha accedido a parar el Proceso para debatirlo. Mucha gente, estudiantes sobre todo, han puesto el grito en el cielo. Es una injusticia, dicen. En parte sí, pero seamos serios... la participación del alumnado en la votación fue de un 15,32% (en total participaron 9.504 alumnos de los 62.017 que tiene este curso la Universidad Complutense). Es decir, que alrededor del 85% de los alumnos pasó de la votación, y, por lo tanto, dio a entender que pasaba del Proceso de Bolonia. Vamos, que les da igual lo que suceda (y aunque había una opción en la papeleta que marcaba esto, ni se dignaron a pasarse por las mesas).

Y claro, el rectorado de esta universidad, que todos sabemos que quiere instaurar Bolonia cagando leches (en algunas facultades actualmente ni siquiera hay presupuesto suficiente para llevar a cabo las reformas necesarias), se frota las manos. El 88% del 15% de los alumnos de la Complutense no supone una protesta masiva. Y por lo tanto, sin protestas masivas no hay presión. Y sin presión no hay obligación de revisar nada. Y esto es lo que hay, gracias, en gran parte, a la pasividad de los estudiantes.

Con todo este escrito no quiero iniciar un debate sobre el Proceso de Bolonia, del que lamentablemente, repito, estoy escasamente informado para lo que en realidad me concierne (que es mucho). Lo que me gustaría es invitar a la reflexión sobre por qué muchas veces los que mandan pasan por alto un descontento supuestamente popular. Y la respuesta creo que puede estar, entre otras cosas, en que las estadísticas demuestran que ese descontento no es tan popular. Porque la verdad, parece mentira que a estas alturas se crea que se puede parar esto con cuatro manifestaciones al mes, las cuales sólo reciben cobertura mediática decente si hay palos por parte de la Unidad de Intervención Policial (alias antidisturbios, alias hijos de puta). Las manifestaciones están bien, pero esto no es la dictadura, y habría que acompañar las protestas callejeras de protestas "oficiales", que son las que amparan las votaciones y las estadísticas.

Pero en este caso, ni muchos de los que votan se manifiestan, ni muchos de los que se manifiestan votan. Y lo que es peor, la gran mayoría no hace ni una cosa ni la otra.

También me gustaría recalcar, como nota final a esta crítica, y esta vez aludiendo a los "opositores activos", que la politización de las movilizaciones no es algo positivo. Sé que a muchos les gusta llevar su banderita y sus eslóganes a las manifestaciones y protestas, pero aquí no se está debatiendo una opción política, sino un Proceso que afectará al sistema universitario público español, con toda la homogeneidad que este conlleva. En este aspecto tendríamos que aprender de las protestas que se están llevando a cabo en Zagreb (Croacia), donde las iniciativas son totalmente apolíticas, lo que les ha granjeado la simpatía y el apoyo de muchos y variados sectores de la sociedad, además del apoyo de toda la comunidad de estudiantes, independientemente de la ideología de cada uno, pues sin política nadie se ve excluído en algo que nos afecta a todos.

jueves, 21 de mayo de 2009

En la puerta de un bar...

Ya te veo. Me has venido a buscar. Me acerco y distingo tus rasgos con claridad, aquellos que durante años tuve que aguantar pensando que eras un verdadero compañero de ilusiones y proyectos. Pero ahora te estoy viendo sin aquella careta amable y falsa. Ahora te veo tal y como eres; como un hijo de puta que pega puñaladas por la espalda a los que en su día le tendieron la mano. Tu pelo negro es sucio, tu nariz porcina, tus ademanes chulos y tus ojos están llenos de hipocresía y rencor. Veo tu sonrisa de desprecio y escucho las risas de tus lugartenientes. No has venido solo, claro, pues nunca destacaste por ser valiente. Empiezas a escupirme tu discurso, lleno de la prepotencia del que se sabe en una mejor posición que el contrario. Pero yo he decidido no esperar más. No te quiero escuchar. Ya sé a lo que has venido, y te lo voy a dar. El primer golpe va directo a tu nariz, a la parte superior del tabique, rompiéndolo y generando así una avalancha de sangre y mocos que se derraman por tu cara. A pesar de ello puedo observar una mueca de sorpresa que se torna en miedo cuando recibes el segundo golpe. Ahora noto tu sangre tibia salpicándome las manos. Y entonces ya no puedo parar. Un golpe, otro, otro, otro... hasta que comienzo a percibir una sensación lejana, aunque no extraña, que me advierte que mañana tendré que visitar la consulta del médico. Se me están rompiendo los nudillos. Pero da igual. La sangre que ya siento por todo mi abdomen me invita a seguir con esta orgía de violencia. Ya no te ríes, ahora gimes, y no te puedes proteger, te tengo acorralado, confundido y no puedes correr. Tus lugartenientes no se acercan, no quieren acabar como tú. Les invade el terror que se asienta en los corazones de aquellos que siempre dependen de un líder. Y tú eres ese líder, pero ahora has caído en desgracia. Eres una mierda. De repente empiezo a notar que tu masa ósea cambia. Cambia su textura. Vaya, te estoy abriendo la cabeza. Pero no me aborda ningún remordimiento. No sé dónde acabaré tras este acto de justicia poética, sólo sé que estás recogiendo lo que sembraste. Y el que siembra odio recoge hostias.

Ya basta. Ya es suficiente. Ya sabes lo que es la violencia. Y tú eres ruin, por eso has acabado así.

miércoles, 20 de mayo de 2009

La isla

Hace calor. Un calor húmedo. Sin embargo, el viento lo hace todo más llevadero. En realidad, el viento es una bendición, y sin él probablemente ya habría abandonado el lugar. Pero sopla con fuerza, transmitiéndome calma y serenidad. Como siempre.

Y entonces miro lo que tengo delante. Es la inmensidad. El todo. Es el mar. Un mar limpio, brillante, de un azul turquesa atractivo, sin mierda. Más allá atisbo el horizonte, que logra fundir la superficie acuática con el cielo sin que interfiera en el proceso ninguna silueta molesta con forma de petrolero. Nada. No hay nada. No quiero que haya nada.

Lo que ven mis ojos es un canto a la libertad. O a la soledad. En cualquier caso, ambos términos van de la mano, así que qué más da.

Hace ya tiempo que decidí asentarme en este lugar. Dieciocho horas de vuelo en dirección suroeste tienen la culpa. Y tres escalas también. Bueno, y 2.487 euros (tasas incluídas) también. Pero creo que ha merecido la pena. Aquí nadie me conoce, nadie habla mi idioma, nadie me molesta. El trato es el justo y necesario. Yo les suministro lo que tengo y ellos me suministran lo que necesito. Una vez a la semana es cuando veo las caras de los lugareños para darles lo que mi modesta huerta produce a cambio de productos básicos para mi higiene personal. Es extraño, pues ellos me aceptaron desde un principio, aunque con una mezcla de curiosidad y desconfianza. En cualquier caso yo nunca he querido hacerles nada, y ellos me lo han agradecido dejándome en paz. Perfecto, estaba harto de marujas.

No fue fácil cuando lo anuncié en casa. Mi madre llorando, mi padre alucinando con la boca abierta y mi hermano dándome palmaditas en la espalda diciéndome "tú estás pirado, pero ole tus cojones". Todo muy de allí. Todo muy asquerosamente rutinario. Y es que ese fue uno de los principales motivos por los que decidí largarme por las buenas; la rutina. Mejor dicho; esa rutina. Sinceramente, yo nunca entendí a aquellos que aguantan toda su vida tragando la misma mierda. Porque la rutina del mundo occidental, salvo casos excepcionales, se suele convertir en mierda, posiblemente porque siempre estamos más preocupados del rol que nos ha sido otorgado que de ser nosotros mismos.

Y es que tenía por un lado a la familia dejándome caer cada vez con más frecuencia lo de la independencia. "Hijo, ya vas teniendo una edad que, bueno, que igual deberías plantearte salir del nido... por tu bien, claro". Por mi bien, claro. Y por el vuestro, no te jode. Lo podéis decir. De hecho, si me lo decís seguramente me entre algo de remordimiento y me ponga a buscar algo, pero si sólo es por mí... pues casi que me quedo, gracias.

Por otro lado el curro. No era el primer curro. Aquel prometía, y bastante, pero este se reduce a un triángulo: jefe, ordenador, yo. Y por ese orden. Además, nos complementábamos de puta madre. El jefe era un déspota antipático y el ordenador un tocapelotas que se apagaba -y lo seguirá haciendo, supongo- cuando le daba la gana. En la otra mano se encontraba mi ilustre persona y mi pasotismo nato. Un tres en raya, vamos.

En cuanto a los amigos, pues qué le vamos a hacer. Dicen que las verdaderas amistades no se olvidan nunca y yo, por lo menos, confío en que esa premisa se cumpla. Sin embargo, lo cierto es que me dí cuenta durante los últimos años en Madrid que tampoco me quedaban tantos buenos amigos. Muchas risas en el bar, muchos pelotazos, muchas reflexiones, muchas llamadas exigiendo saber dónde estás... pero nada que me atase realmente a nada ni a nadie. ¿Egoísmo?, tal vez. Pero mira, por lo menos lo reconozco, no como la mayoría.

Y luego estaba ella. Quizás la única parte de la rutina que retuvo mi decisión durante años. Tal vez la única parte realmente positiva de la rutina. Ella no me hubiera importado que se viniese, al contrario, creo que hubiese sido una compañía perfecta. Dulce, cariñosa, agradable... con sus cosas, como todo el mundo, pero un buen partido al fin y al cabo. Además, no todos los días se encuentra a alguien atractivo y sensible (quizás demasiado) que se preocupe por tí sin atosigarte en todo momento. No, no era como otras chicas que conocí en su día. Esas te acaparaban, te anulaban, te exprimían y te exigían más de lo que uno podía dar. Pero ella era diferente. Ella me respetaba. Sí, definitivamente hubiese sido una compañía atractiva, pero no quiso venir. No quiso, y no, y no, y no. Maldita cobarde... ¿o quizás el cobarde soy yo, por escapar y dejar todo atrás, sin enfrentarme a mi vida para intentar cambiarla?. Eso me argumentó ella. "Irme a tomar por el culo es cambiar mi vida", contesté yo. Y ahí quedo la cosa. No volví a saber nada de ella hasta momentos antes de salir para el aeropuerto, mes y medio después de nuestro último cara a cara, con el taxi esperándome a la entrada de casa. Una llamada, un escueto "cuídate", lágrimas bien disimuladas y luego el mítico "pi pi pi" de cuando te cuelgan, que esta vez fue especialmente doloroso. Parece ser que la dignidad la había obligado a no alargar la despedida. Bien por ella.

Si he de ser sincero debo reconocer que no son pocas las veces que he pensado en todo eso, en todo el entorno que dejé atrás. De hecho han sido muchas veces las que, antes de dormir, mientras miraba las estrellas, me preguntaba por cada persona que recuerdo. Y aún recuerdo a muchas. En ella pienso cada noche, claro. De todos modos creo que a la larga hubiésemos terminado mal, muy mal. Además, yo nunca la hubiese tratado como a una televisión, a la que obligas a cambiar de canal cuando te aburre. Y por eso precisamente hubiésemos acabado mal aquí en este lugar, porque sin ningún árbitro que tras cada asalto nos mandase a nuestras respectivas esquinas habríamos acabado anulando totalmente esos momentos que pasábamos juntos en Madrid. Allí había enfados, por supuesto que los había, pero también había reconciliaciones. Había, en definitiva, un entorno propio y ajeno a la otra persona que nos ofrecía refugio en los días malos, para luego lanzarnos otra vez a los brazos del otro con los ánimos renovados y el corazón latiendo como en nuestra primera cita.

El mar. La inmensidad. El todo. Calma, calma, calma. Sí, ha valido la pena venirse solo hasta el culo del mundo para estar rodeado de palmeras, arena blanca, montañas vírgenes y gente que no habla mi idioma. La única comunicación con la aldea local, que hace de asentamiento principal en la isla, es un autobús que pasa un par de veces al día. El vehículo se cae a trozos, pero casi mejor, ya que eso es una demostración más de que aquí cualquier intento de vincularse al mundo exterior fracasa, y eso, en mi caso, es un consuelo.

Mientras tanto lo único que alcanzan a ver mis ojos, de pie fuera de mi discreta chabola de madera, es arena blanca, agua de color azul turquesa y un horizonte limpio. Y el silencio.

Abro los ojos. Qué coño es eso, eso no es mi techo de madera. No, es un techo de yeso. Y lo que tengo detrás sonándome al oído es un puto despertador. De dónde coño habrá salido. Espera un momento... las paredes están empapeladas, y mi mesa está llena de libros sobre gentes que habitaron la tierra cuando todo el territorio global se parecía a mi isla. Mierda, estoy en casa. Todo ha sido un sueño. Un paréntesis en mi rutina. Una ilusión.

Pero no te preocupes, porque algún día te encontraré, te lo prometo.


domingo, 17 de mayo de 2009

La indefensión del tío normal

Tengo 23 años. Nací en el año 1985 y he sido una viva imagen de la decadencia de nuestro sistema educativo, para qué mentir. Y sin embargo nunca me he cortado un pelo al afirmar que mi generación, y las que la han sucedido, ha perdido valores y educación en términos generales.

No hablo en términos ideológicos, los cuales muchas veces se utilizan de forma demasiado gratuita. No, aquí hablamos de personas, más allá de a quién voten o dejen de votar. De personas y de valores.

Pero no hay nada como una pequeña anécdota para ilustrar lo que quiero decir.

Resulta que ayer una persona estuvo cenando con unos amigos en un céntrico restaurante de Madrid. Tras la cena estuvieron de sobremesa y hacia la 01.00 decidieron irse a sus casas, respectivamente. Esta persona ronda los 50 años, tiene una familia y siempre se ha caracterizado por su actitud tranquila y reflexiva ante la vida. En definitiva, un hombre poco amigo de los problemas.

Bien, pues este restaurante del que salen está emplazado cerca de una zona de copas de la capital. Y resulta que cuando esta persona se dirige a su coche para marcharse tranquilamente a su casa se cruza con tres individuos adolescentes (adolescencia tardía diría yo), dos chicas y un chico, que le increpan. "¿Y tú qué coño miras?", le dijeron al hombre mientras una de ellas le lanzaba una rosa de plástico a la cara, de esas que venden los pakistaníes por las noches. Obvia decir que esta persona no miró a los tres imbéciles más de lo que uno puede mirar a otra persona que se cruza por la calle.

Llegados a este punto el hombre tenía dos opciones, u obviar el suceso e irse a casa meditando sobre la juventud española o salir del coche y liarse a hostias con los tres panolis con los que se acababa de cruzar. La verdad es que no hubiese tenido ninguna dificultad en ello. Pero, como ya he dicho, esta persona es de carácter tranquilo, así que eligió la primera opción.

Y yo me pregunto lo siguiente... ¿qué hubiese pasado si en lugar de irse a casa se hubiese encarado con estos individuos?; pues probablemente hubiese acabado denunciado y en comisaría por simplemente tratar de enseñar algo de respeto y educación de una forma directamente proporcional a la chulería con la que él mismo había sido tratado por parte de estas personas. Es decir, se habría encontrado con la indefensión del tío normal frente a la sobreprotección que se hace a día de hoy de los capullos. Puede que precisamente por eso sean unos capullos, quién sabe.

En cualquier caso a veces un par de hostias a tiempo, y nunca es tarde si la dicha es buena, hacen mucho bien. Además, como dice un colega con toda la razón del mundo: "qué bien sienta cuando alguien se merece una hostia y se la das. Sienta bien verla y darla".

Eso es lo que tendrías que haber hecho tú. Por el bien de la juventud.

sábado, 16 de mayo de 2009

Para echarle una pensada

Aquí os dejo con una afirmación que hizo el periodista, escritor y "maestro de la seducción" Neil Strauss en uno de sus libros, concretamente en El Método:

"Tenemos la extraña idea de que el amor es algo que debe durar eternamente, pero el amor no funciona así. El amor es una energía libre que viene y va a su antojo. A veces perdura durante toda una vida, otras sólo nos acompaña durante unos segundos, un día, un mes o un año. No podemos tenerle miedo al amor sencillamente porque nos haga vulnerables, y tampoco podemos sorprendernos cuando nos abandona. Lo único que podemos hacer es agradecer el hecho de haber podido experimentarlo."

Cuando saque algo más de tiempo publicaré una reflexión personal sobre el libro en cuestión, pues creo que la gran mayoría de la gente lo malinterpreta de muchas y diversas maneras.