lunes, 17 de agosto de 2009

El último beso siempre es amargo...

Once menos diez de la mañana. Lunes 17 de agosto. Estación de autobuses de Madrid, una de las que hay, claro. La más grande, de hecho. Ella y yo delante del monstruo con ruedas que se la va a llevar lejos. Otra vez.

Faltan diez minutos para que arranque, y ella se enciende el último cigarro mientras va a dejar su maleta en las entrañas del autobús.

¿Lejos de qué? Lejos de mí. Y me molesta mucho tener esos sentimientos, porque siempre he intentado que a mis sentimientos los gobierne la razón, con toda la frialdad que eso conlleva. Y como suelo decir, "lo que empieza se acaba, normalmente, y es lo que hay". Así es la vida, amigos. Pero qué asco de vida algunas veces, joder. De pasar de tener a alguien a tu lado que te quiere y que te hace sentir querido a tener una casa vacía y llena de malditos recuerdos. No es justo. No es nada justo. ¿Por qué me tengo que separar de ella ahora?, ¿y por qué tiene que irse tan lejos y rodearse de tantas cosas que no me hacen gracia?

Faltan cinco minutos, y ya nos estamos comiendo a besos frente a la sonrisa cómplice -y disimulada- del conductor, que está revisando los billetes de los pasajeros. Veo que él me entiende. Que él nos entiende.

Creo que la quiero. Siempre me cayó bien, y por supuesto, siempre me resultó muy atractiva. Pero no contaba con ese factor tan bonito como cruel llamado sentimiento. No es lo mismo estar con una tía buena que además es simpática que con una persona que te hace sentir especial, y por lo tanto, que se convierte en especial para tí. Especial, una palabra ambigua donde las haya. Puede significar algo muy bueno, algo muy malo o algo que no sabes explicar. A mí me cuesta explicarme a mí mismo por qué ella es especial, pero poco a poco lo voy entendiendo... y es que me paro a pensar, y tiene mérito. Tiene mérito que en cuatro años no me haya fijado en ninguna mujer de manera seria y real. Tiene mérito que ella encarne, no como persona pero sí por sus ambientes, algo que yo siempre he rehuído. Y tiene mérito que me haga decirla lo que le digo, sentir lo que siento y que me haga reir. Tiene mérito la chica, eso hay que reconocerlo, porque a pesar de todo aquí me tiene, con cara de imbécil frente a la pantalla escribiendo este tipo de cosas.

Faltan apenas unos segundos para que se la lleve el autobús de vuelta a su ciudad. Se sube, busca su asiento, se sienta y ya, ella desde dentro y yo desde fuera, nos sonreímos. Ella me manda al instante un mensaje de móvil diciéndome cosas que me invitan a subirme con ella y largarme a su lado, sin importarme las consecuencias. Pero esas cosas no suelen llevar a nada bueno, y controlo mis impulsos pasionales. Hablando en plata, que me jodo, y la empiezo a escribir un sms de vuelta... y entonces veo cómo las ruedas comienzan a moverse, subo la mirada y la robo un último beso, tirado desde la distancia.

Un viejo calvo que va delante mira la sonrisa de gilipollas que pongo. En otra ocasión hubiese tenido sentido del ridículo, pero ahora ninguno. Ojalá él hubiese vivido los días que he vivido yo. Hasta siento lástima de su mirada. Lástima de su incomprensión.

El beso que la robo me sabe dulce, pero también, y sobre todo, amargo. Amargo porque sé que hasta que no nos volvamos a encontrar esa será la rutina: la distancia. Menos da una piedra, pienso, y estamos en contacto casi a diario, lo cual me tranquiliza. Pero después de haber vivido lo que he vivido, me sabe a casi nada. "Nos veremos pronto", la intento decir con la mirada, porque es algo por lo que voy a luchar y que pienso cumplir... sin embargo el autobús ya está en marcha y no consigue ver mi expresión llena de esperanza y optimismo. Ni yo consigo verla a ella, claro.

Menos mal que antes he podido hacerla una foto con el teléfono en la cafetería de esa estación que ahora me resulta una enemiga de mis sentimientos. Ahí la puedo ver, en la pantalla. Duele, pero sonrío, porque la nostalgia siempre me ha gustado, aunque mucha gente le tenga miedo a esa sensación formada por los recuerdos.

Recuerdos que merecen la pena.

jueves, 25 de junio de 2009

Conocer para poder ser libre

Interesante carta que el socialista ateo francés Jean Jaurés, fundador del periódico L’Humanité, escribió dirigida a su hijo, y publicada en 1919:

Querido hijo: Me pides un justificante que te exima de cursar religión, un poco por tener la gloria de proceder de distinta manera que la mayor parte de los condiscípulos y temo que también un poco para parecer digno hijo de un hombre que no tiene convicciones religiosas. Este justificante, querido hijo, no te lo envío ni te lo enviaré jamás.

No es porque desee que seas clerical, a pesar de que no hay en esto ningún peligro, ni lo hay tampoco en que profeses las creencias que te expondrá el profesor. Cuando tengas la edad suficiente para juzgar, serás completamente libre pero, tengo empeño decidido en que tu instrucción y tu educación sean completas, y no lo serían sin un estudio serio de la religión.

Te parecerá extraño este lenguaje después de haber oído tan bellas declaraciones sobre esta cuestión; son , hijo mío, declaraciones buenas para arrastrar a algunos pero que están en pugna con el más elemental buen sentido. ¿Cómo sería completa tu instrucción sin un conocimiento suficiente de las cuestiones religiosas sobre las cuales todo el mundo discute? ¿Quisieras tú, por tu ignorancia voluntaria, no poder decir una palabra sobre estos asuntos sin exponerte a soltar un disparate?

Dejemos a un lado la política y las discusiones y veamos lo que se refiere a los conocimientos indispensables que debe tener un hombre de cierta posición. Estudias mitología para comprender historia y la civilización de los griegos y de los romanos y ¿qué comprenderías de la historia de Europa y del mundo entero después de Jesucristo, sin conocer la religión, que cambió la faz del mundo y produjo una nueva civilización? En el arte ¿qué serán para ti las obras maestras de la Edad Media y de los tiempos modernos, si no conoces el motivo que las ha inspirado y las ideas religiosas que ellas contienen?

En las letras ¿puedes dejar de conocer no sólo a Bossuet, Fenelón, Lacordaire, De Maistre, Veuillot y tantos otros que se ocuparon exclusivamente de cuestiones religiosas, sino también a Corneille, Racine, Hugo, en una palabra a todos estos grandes maestros que debieron al cristianismo sus más bellas inspiraciones? Si se trata de derecho , de filosofía o de moral ¿puedes ignorar la expresión más clara del Derecho Natural, la filosofía más extendida, la moral más sabia y más universal? –éste es el pensamiento de Juan Jacobo Rousseau-. Hasta en las ciencias naturales y matemáticas encontrarás la religión: Pascal y Newton eran cristianos fervientes; Ampere era piadoso; Pasteur probaba la existencia de Dios y decía haber recobrado por la ciencia la fe de un bretón; Flammarion se entrega a fantasías teológicas.

¿Querrás tú condenarte a saltar páginas en todas tus lecturas y en todos tus estudios? Hay que confesarlo: la religión está íntimamente unida a todas las manifestaciones de la inteligencia humana; es la base de la civilización y es ponerse fuera del mundo intelectual y condenarse a una manifiesta inferioridad el no querer conocer una ciencia que han estudiado y que poseen en nuestros días tantas inteligencia preclaras.

Ya que hablo de educación: ¿para ser un joven bien educado es preciso conocer y practicar las leyes de la Iglesia? Sólo te diré lo siguiente: nada hay que reprochar a los que las practican fielmente, y con mucha frecuencia hay que llorar por los que no las toman en cuenta. No fijándome sino en la cortesía en el simple ‘savoir vivre”, hay que convenir en la necesidad de conocer las convicciones y los sentimientos de las personas religiosas. Si no estamos obligados a imitarlas, debemos por lo menos comprenderlas para poder guardarles el respeto, las consideraciones y la tolerancia que les son debidas. Nadie será jamás delicado, fino, ni siquiera presentable sin nociones religiosas.

Querido hijo: convéncete de lo que digo: muchos tienen interés en que los demás desconozcan la religión, pero todo el mundo desea conocerla. En cuanto a la libertad de conciencia y otras cosas análogas, eso es vana palabrería que rechazan de ordinario los hechos y el sentido común.

Muchos anti-católicos conocen por lo menos medianamente la religión; otros han recibido educación religiosa; su conducta prueba que han conservado toda su libertad.

Además, no es preciso ser un genio para comprender que sólo son verdaderamente libres de no ser cristianos los que tienen la facultad de serlo, pues, en caso contrario, la ignorancia les obliga a la irreligión. La cosa es muy clara: la libertad exige la facultad de poder obrar en sentido contrario.

Te sorprenderá esta carta, pero precisa hijo mío, que un padre diga siempre la verdad a su hijo. Ningún compromiso podría excusarme de esa obligación.

Recibe, querido hijo, el abrazo de TU PADRE.

miércoles, 10 de junio de 2009

¿Llevarse todos bien?


Ayer tuve una conversación telefónica que duró horas -y que, afortunadamente, no pagué yo- en la que hablamos, un colega y yo, de las dificultades relacionadas con la pareja (pues el compañero sufre de ese mal desde hace un mes aproximádamente), de la carrera universitaria de Ciencias del Mar, de escualos (tiburones en lenguaje común) y, finalmente, de la humanidad y las ganas que tienen algunos de que todo el mundo se lleve bien.

Esta persona, intuyo -por lo que le conozco- de buen corazón y con muchas ganas de vivir en paz y en armonía con el mundo, me decía que la violencia no servía para nada y que lo necesario era que todos viviésemos en paz, encontrando un equilibrio entre los pueblos alzados en armas para que al final todos acabásemos siendo coleguitas, o por lo menos vecinos respetuosos, los unos de los otros.

Yo tuve que contestarle que, si bien la opinión sobre la violencia me la reservaba (ese es otro debate), lo que me decía era una utopía en toda regla. Puede parecerme mejor o peor, pero realmente el hecho de "vivir todos en paz y armonía" ni me lo he llegado a plantear al ser ésta una posibilidad inviable. ¿Todo el mundo respetando al de al lado, para que no haya conflictos bélicos ni odios?, si, eso es lo que pensamos los que estamos aquí, rodeados de una rutina tranquila y un entorno estable, pero aquel que, en algún lugar de este mundo, no sabe si su padre va a volver a casa a cenar esta misma noche no creo que lo tenga tan claro...

Su argumento inicial -y único- para defender su postura fue decirme que los animales no se matan entre ellos (de la misma especie, se entiende). Argumento que se fue al garete sin irnos demasiado lejos, porque, de hecho, el cerdo ibérico macho normalmente tiende a cargarse a sus crías recién nacidas, por una cuestión de espacio. Curiosamente, el ser humano también empezó a darse de hostias allá por el Neolítico (hará alrededor de unos 7.000 años antes del nacimiento de Cristo) por cuestiones de espacio. Y, como curiosidad aportada para amenizar esta lectura, comentaré que los cementerios también surgieron, más que por un culto hacia alguien o algo, como forma de reivindicar un territorio.

Bien, pues tras unos cuántos años esa territorialidad también ha evolucionado y se ha convertido en algo más radical; identidad.

Ya se lo dije a mi oyente anoche; que él desde la calle Hermanos García Noblejas en Madrid y yo desde la calle Arturo Soria, también en Madrid, podíamos decir y comentar cualquier hecho bélico y posible solución a él con la racionalidad y la lógica que otorga la distancia. Como yo puedo comentar sin perder los estribos que al vecino del tercero le ha puesto los cuernos la novia. Sin embargo, si yo fuese el vecino del tercero, y por lo tanto la víctima del percal, no me lo tomaría de forma tan racional, lógica y tranquila. Precisamente porque entonces yo estaría involucrado en el tema, y me afectaría de forma directa. Se llaman sentimientos, creo.

Entonces, desde la tranquilidad que nos otorga Madrid, y la tranquilidad que nos otorga el saber que mañana saldrá el sol, que mi padre irá a trabajar como todas las mañánas y volverá como todas las noches a cenar, y que, en general, la gente que aprecio estará bien y mi rutina no se verá alterada en forma negativa de manera radical, yo puedo decir misa sobre el conflicto palestino-israelí, por poner un ejemplo. Pero al moro al que le han volado la casa de un bombazo llevándose a media familia por delante o al judío que ha perdido a su mujer e hijos en un atentado suicida en la ciudad de Tel Aviv, pues no les vas a pedir que sean tolerantes, que respeten y que busquen el equilibrio para que haya paz con el que se ha cepillado a su familia. Vamos, por poder puedes pedírselo, pero su reacción no la preveo agradable. Porque, aunque algunos querrán paz, otros muchos, afectados directamente por la desgracia de que alguien te ha quitado a un ser querido, quieren venganza.

Y para argumentar mi posición con una situación más cercana, puse como ejemplo nuestros tan queridos Balcanes, que están aquí, a la vuelta de la esquina. Se dejaron de matar entre ellos (mención especial para croatas y serbios en este aspecto) hace casi dos décadas, y sin embargo, desde entonces, sigue habiendo fuerzas armadas internacionales -españolas también- en Bosnia preservando un poco el percal, siguen sin enfrentarse equipos serbios y croatas en competiciones europeas de fútbol, y, yo que he estado allí, veo que harán falta otros 80 años para que, poco a poco, la gran mayoría de la sociedad tanto croata como serbia olvide viejos rencores y aprenda, no ya a convivir, sino a tolerar la presencia del otro.

Y, si hace falta un siglo para que dos naciones en pleno corazón del llamado primer mundo (Europa en este caso) logren tolerarse sin que haya que vigilarlas, ¿cuánto tiempo necesitarán las tribus africanas que nadie tiene catalogadas, y que sólo saltan a la luz cuando se llevan a alguna monja europea por delante?. Por no decir, claro, que este mundo no puede estar cien años sin que surja ningún conflicto en ninguna parte.

Sencillamente, somos demasiados.

martes, 26 de mayo de 2009

Mea culpa


Hay veces en las que uno tiene que ver un problema, o un conflicto, con una perspectiva amplia para obtener una buena visión del panorama. Es como el que está paseando por una ciudad y el que la ve desde un helicóptero. El que pasea no ve más allá de los edificios más próximos y el que está en un helicóptero la ve con perspectiva aérea, lejana... en definitiva, viendo el conjunto de la ciudad, y no sólo dos o tres calles.

Pues eso es lo que pasa con toda la polémica del comúnmente conocido como Proceso de Bolonia, el cual afecta a todas las universidades públicas españolas. Y pasa que aquí pocos hacen autocrítica y pocos ven el conjunto de factores que están llevando a que éste se implante "sí o sí" en la universidad.

Yo no voy a entrar a valorar el Proceso de Bolonia, ni lo que quiere imponer (el Espacio Europeo de Educación Superior, alias EEES), porque sinceramente, aunque tengo una vaga idea de lo que hay, no me considero una persona lo suficientemente informada como para entrar a debatir este asunto. Hay páginas en Internet que hablan largo y tendido del tema. Yo sólo tengo como estudiante dos cosas claras, y es que, por un lado, la información oficial escasea, mientras que por otro lado veo que la pasividad del alumnado y de gran parte del profesorado es evidente. Pero ni una parte reconoce esto, ni la otra reconoce lo otro.

Y como ejemplo pondremos una votación que hubo el pasado 23 de abril en la Universidad Complutense de Madrid convocada por la Delegación de Estudiantes. La votación no era muy complicada; tú llegabas a las facultades y encontrabas mesas en las que te facilitaban una papeleta y votabas, dando previamente tu nombre, tu DNI y confirmando los estudios que cursabas. Así de simple y de sencillo. Además, no era una votación para cancelar o aprobar Bolonia definitivamente. Para nada. Era una votación en la que tú opinabas cómo estabas de informado y si querías pausar momentáneamente el Proceso para que hubiese un debate que, en realidad, no ha habido hasta el momento.

El resultado final demostró que un 88,74% de los participantes estaban a favor de parar Bolonia para debatir el proyecto. Eso supone una mayoría abrumadora frente al 5,16% que estaba en contra de parar Bolonia y el 5,8% que se mostraron indiferentes.

Sin embargo, y a pesar de estas estadísticas, el rectorado obvió el resultado de la votación y no ha accedido a parar el Proceso para debatirlo. Mucha gente, estudiantes sobre todo, han puesto el grito en el cielo. Es una injusticia, dicen. En parte sí, pero seamos serios... la participación del alumnado en la votación fue de un 15,32% (en total participaron 9.504 alumnos de los 62.017 que tiene este curso la Universidad Complutense). Es decir, que alrededor del 85% de los alumnos pasó de la votación, y, por lo tanto, dio a entender que pasaba del Proceso de Bolonia. Vamos, que les da igual lo que suceda (y aunque había una opción en la papeleta que marcaba esto, ni se dignaron a pasarse por las mesas).

Y claro, el rectorado de esta universidad, que todos sabemos que quiere instaurar Bolonia cagando leches (en algunas facultades actualmente ni siquiera hay presupuesto suficiente para llevar a cabo las reformas necesarias), se frota las manos. El 88% del 15% de los alumnos de la Complutense no supone una protesta masiva. Y por lo tanto, sin protestas masivas no hay presión. Y sin presión no hay obligación de revisar nada. Y esto es lo que hay, gracias, en gran parte, a la pasividad de los estudiantes.

Con todo este escrito no quiero iniciar un debate sobre el Proceso de Bolonia, del que lamentablemente, repito, estoy escasamente informado para lo que en realidad me concierne (que es mucho). Lo que me gustaría es invitar a la reflexión sobre por qué muchas veces los que mandan pasan por alto un descontento supuestamente popular. Y la respuesta creo que puede estar, entre otras cosas, en que las estadísticas demuestran que ese descontento no es tan popular. Porque la verdad, parece mentira que a estas alturas se crea que se puede parar esto con cuatro manifestaciones al mes, las cuales sólo reciben cobertura mediática decente si hay palos por parte de la Unidad de Intervención Policial (alias antidisturbios, alias hijos de puta). Las manifestaciones están bien, pero esto no es la dictadura, y habría que acompañar las protestas callejeras de protestas "oficiales", que son las que amparan las votaciones y las estadísticas.

Pero en este caso, ni muchos de los que votan se manifiestan, ni muchos de los que se manifiestan votan. Y lo que es peor, la gran mayoría no hace ni una cosa ni la otra.

También me gustaría recalcar, como nota final a esta crítica, y esta vez aludiendo a los "opositores activos", que la politización de las movilizaciones no es algo positivo. Sé que a muchos les gusta llevar su banderita y sus eslóganes a las manifestaciones y protestas, pero aquí no se está debatiendo una opción política, sino un Proceso que afectará al sistema universitario público español, con toda la homogeneidad que este conlleva. En este aspecto tendríamos que aprender de las protestas que se están llevando a cabo en Zagreb (Croacia), donde las iniciativas son totalmente apolíticas, lo que les ha granjeado la simpatía y el apoyo de muchos y variados sectores de la sociedad, además del apoyo de toda la comunidad de estudiantes, independientemente de la ideología de cada uno, pues sin política nadie se ve excluído en algo que nos afecta a todos.

jueves, 21 de mayo de 2009

En la puerta de un bar...

Ya te veo. Me has venido a buscar. Me acerco y distingo tus rasgos con claridad, aquellos que durante años tuve que aguantar pensando que eras un verdadero compañero de ilusiones y proyectos. Pero ahora te estoy viendo sin aquella careta amable y falsa. Ahora te veo tal y como eres; como un hijo de puta que pega puñaladas por la espalda a los que en su día le tendieron la mano. Tu pelo negro es sucio, tu nariz porcina, tus ademanes chulos y tus ojos están llenos de hipocresía y rencor. Veo tu sonrisa de desprecio y escucho las risas de tus lugartenientes. No has venido solo, claro, pues nunca destacaste por ser valiente. Empiezas a escupirme tu discurso, lleno de la prepotencia del que se sabe en una mejor posición que el contrario. Pero yo he decidido no esperar más. No te quiero escuchar. Ya sé a lo que has venido, y te lo voy a dar. El primer golpe va directo a tu nariz, a la parte superior del tabique, rompiéndolo y generando así una avalancha de sangre y mocos que se derraman por tu cara. A pesar de ello puedo observar una mueca de sorpresa que se torna en miedo cuando recibes el segundo golpe. Ahora noto tu sangre tibia salpicándome las manos. Y entonces ya no puedo parar. Un golpe, otro, otro, otro... hasta que comienzo a percibir una sensación lejana, aunque no extraña, que me advierte que mañana tendré que visitar la consulta del médico. Se me están rompiendo los nudillos. Pero da igual. La sangre que ya siento por todo mi abdomen me invita a seguir con esta orgía de violencia. Ya no te ríes, ahora gimes, y no te puedes proteger, te tengo acorralado, confundido y no puedes correr. Tus lugartenientes no se acercan, no quieren acabar como tú. Les invade el terror que se asienta en los corazones de aquellos que siempre dependen de un líder. Y tú eres ese líder, pero ahora has caído en desgracia. Eres una mierda. De repente empiezo a notar que tu masa ósea cambia. Cambia su textura. Vaya, te estoy abriendo la cabeza. Pero no me aborda ningún remordimiento. No sé dónde acabaré tras este acto de justicia poética, sólo sé que estás recogiendo lo que sembraste. Y el que siembra odio recoge hostias.

Ya basta. Ya es suficiente. Ya sabes lo que es la violencia. Y tú eres ruin, por eso has acabado así.

miércoles, 20 de mayo de 2009

La isla

Hace calor. Un calor húmedo. Sin embargo, el viento lo hace todo más llevadero. En realidad, el viento es una bendición, y sin él probablemente ya habría abandonado el lugar. Pero sopla con fuerza, transmitiéndome calma y serenidad. Como siempre.

Y entonces miro lo que tengo delante. Es la inmensidad. El todo. Es el mar. Un mar limpio, brillante, de un azul turquesa atractivo, sin mierda. Más allá atisbo el horizonte, que logra fundir la superficie acuática con el cielo sin que interfiera en el proceso ninguna silueta molesta con forma de petrolero. Nada. No hay nada. No quiero que haya nada.

Lo que ven mis ojos es un canto a la libertad. O a la soledad. En cualquier caso, ambos términos van de la mano, así que qué más da.

Hace ya tiempo que decidí asentarme en este lugar. Dieciocho horas de vuelo en dirección suroeste tienen la culpa. Y tres escalas también. Bueno, y 2.487 euros (tasas incluídas) también. Pero creo que ha merecido la pena. Aquí nadie me conoce, nadie habla mi idioma, nadie me molesta. El trato es el justo y necesario. Yo les suministro lo que tengo y ellos me suministran lo que necesito. Una vez a la semana es cuando veo las caras de los lugareños para darles lo que mi modesta huerta produce a cambio de productos básicos para mi higiene personal. Es extraño, pues ellos me aceptaron desde un principio, aunque con una mezcla de curiosidad y desconfianza. En cualquier caso yo nunca he querido hacerles nada, y ellos me lo han agradecido dejándome en paz. Perfecto, estaba harto de marujas.

No fue fácil cuando lo anuncié en casa. Mi madre llorando, mi padre alucinando con la boca abierta y mi hermano dándome palmaditas en la espalda diciéndome "tú estás pirado, pero ole tus cojones". Todo muy de allí. Todo muy asquerosamente rutinario. Y es que ese fue uno de los principales motivos por los que decidí largarme por las buenas; la rutina. Mejor dicho; esa rutina. Sinceramente, yo nunca entendí a aquellos que aguantan toda su vida tragando la misma mierda. Porque la rutina del mundo occidental, salvo casos excepcionales, se suele convertir en mierda, posiblemente porque siempre estamos más preocupados del rol que nos ha sido otorgado que de ser nosotros mismos.

Y es que tenía por un lado a la familia dejándome caer cada vez con más frecuencia lo de la independencia. "Hijo, ya vas teniendo una edad que, bueno, que igual deberías plantearte salir del nido... por tu bien, claro". Por mi bien, claro. Y por el vuestro, no te jode. Lo podéis decir. De hecho, si me lo decís seguramente me entre algo de remordimiento y me ponga a buscar algo, pero si sólo es por mí... pues casi que me quedo, gracias.

Por otro lado el curro. No era el primer curro. Aquel prometía, y bastante, pero este se reduce a un triángulo: jefe, ordenador, yo. Y por ese orden. Además, nos complementábamos de puta madre. El jefe era un déspota antipático y el ordenador un tocapelotas que se apagaba -y lo seguirá haciendo, supongo- cuando le daba la gana. En la otra mano se encontraba mi ilustre persona y mi pasotismo nato. Un tres en raya, vamos.

En cuanto a los amigos, pues qué le vamos a hacer. Dicen que las verdaderas amistades no se olvidan nunca y yo, por lo menos, confío en que esa premisa se cumpla. Sin embargo, lo cierto es que me dí cuenta durante los últimos años en Madrid que tampoco me quedaban tantos buenos amigos. Muchas risas en el bar, muchos pelotazos, muchas reflexiones, muchas llamadas exigiendo saber dónde estás... pero nada que me atase realmente a nada ni a nadie. ¿Egoísmo?, tal vez. Pero mira, por lo menos lo reconozco, no como la mayoría.

Y luego estaba ella. Quizás la única parte de la rutina que retuvo mi decisión durante años. Tal vez la única parte realmente positiva de la rutina. Ella no me hubiera importado que se viniese, al contrario, creo que hubiese sido una compañía perfecta. Dulce, cariñosa, agradable... con sus cosas, como todo el mundo, pero un buen partido al fin y al cabo. Además, no todos los días se encuentra a alguien atractivo y sensible (quizás demasiado) que se preocupe por tí sin atosigarte en todo momento. No, no era como otras chicas que conocí en su día. Esas te acaparaban, te anulaban, te exprimían y te exigían más de lo que uno podía dar. Pero ella era diferente. Ella me respetaba. Sí, definitivamente hubiese sido una compañía atractiva, pero no quiso venir. No quiso, y no, y no, y no. Maldita cobarde... ¿o quizás el cobarde soy yo, por escapar y dejar todo atrás, sin enfrentarme a mi vida para intentar cambiarla?. Eso me argumentó ella. "Irme a tomar por el culo es cambiar mi vida", contesté yo. Y ahí quedo la cosa. No volví a saber nada de ella hasta momentos antes de salir para el aeropuerto, mes y medio después de nuestro último cara a cara, con el taxi esperándome a la entrada de casa. Una llamada, un escueto "cuídate", lágrimas bien disimuladas y luego el mítico "pi pi pi" de cuando te cuelgan, que esta vez fue especialmente doloroso. Parece ser que la dignidad la había obligado a no alargar la despedida. Bien por ella.

Si he de ser sincero debo reconocer que no son pocas las veces que he pensado en todo eso, en todo el entorno que dejé atrás. De hecho han sido muchas veces las que, antes de dormir, mientras miraba las estrellas, me preguntaba por cada persona que recuerdo. Y aún recuerdo a muchas. En ella pienso cada noche, claro. De todos modos creo que a la larga hubiésemos terminado mal, muy mal. Además, yo nunca la hubiese tratado como a una televisión, a la que obligas a cambiar de canal cuando te aburre. Y por eso precisamente hubiésemos acabado mal aquí en este lugar, porque sin ningún árbitro que tras cada asalto nos mandase a nuestras respectivas esquinas habríamos acabado anulando totalmente esos momentos que pasábamos juntos en Madrid. Allí había enfados, por supuesto que los había, pero también había reconciliaciones. Había, en definitiva, un entorno propio y ajeno a la otra persona que nos ofrecía refugio en los días malos, para luego lanzarnos otra vez a los brazos del otro con los ánimos renovados y el corazón latiendo como en nuestra primera cita.

El mar. La inmensidad. El todo. Calma, calma, calma. Sí, ha valido la pena venirse solo hasta el culo del mundo para estar rodeado de palmeras, arena blanca, montañas vírgenes y gente que no habla mi idioma. La única comunicación con la aldea local, que hace de asentamiento principal en la isla, es un autobús que pasa un par de veces al día. El vehículo se cae a trozos, pero casi mejor, ya que eso es una demostración más de que aquí cualquier intento de vincularse al mundo exterior fracasa, y eso, en mi caso, es un consuelo.

Mientras tanto lo único que alcanzan a ver mis ojos, de pie fuera de mi discreta chabola de madera, es arena blanca, agua de color azul turquesa y un horizonte limpio. Y el silencio.

Abro los ojos. Qué coño es eso, eso no es mi techo de madera. No, es un techo de yeso. Y lo que tengo detrás sonándome al oído es un puto despertador. De dónde coño habrá salido. Espera un momento... las paredes están empapeladas, y mi mesa está llena de libros sobre gentes que habitaron la tierra cuando todo el territorio global se parecía a mi isla. Mierda, estoy en casa. Todo ha sido un sueño. Un paréntesis en mi rutina. Una ilusión.

Pero no te preocupes, porque algún día te encontraré, te lo prometo.


domingo, 17 de mayo de 2009

La indefensión del tío normal

Tengo 23 años. Nací en el año 1985 y he sido una viva imagen de la decadencia de nuestro sistema educativo, para qué mentir. Y sin embargo nunca me he cortado un pelo al afirmar que mi generación, y las que la han sucedido, ha perdido valores y educación en términos generales.

No hablo en términos ideológicos, los cuales muchas veces se utilizan de forma demasiado gratuita. No, aquí hablamos de personas, más allá de a quién voten o dejen de votar. De personas y de valores.

Pero no hay nada como una pequeña anécdota para ilustrar lo que quiero decir.

Resulta que ayer una persona estuvo cenando con unos amigos en un céntrico restaurante de Madrid. Tras la cena estuvieron de sobremesa y hacia la 01.00 decidieron irse a sus casas, respectivamente. Esta persona ronda los 50 años, tiene una familia y siempre se ha caracterizado por su actitud tranquila y reflexiva ante la vida. En definitiva, un hombre poco amigo de los problemas.

Bien, pues este restaurante del que salen está emplazado cerca de una zona de copas de la capital. Y resulta que cuando esta persona se dirige a su coche para marcharse tranquilamente a su casa se cruza con tres individuos adolescentes (adolescencia tardía diría yo), dos chicas y un chico, que le increpan. "¿Y tú qué coño miras?", le dijeron al hombre mientras una de ellas le lanzaba una rosa de plástico a la cara, de esas que venden los pakistaníes por las noches. Obvia decir que esta persona no miró a los tres imbéciles más de lo que uno puede mirar a otra persona que se cruza por la calle.

Llegados a este punto el hombre tenía dos opciones, u obviar el suceso e irse a casa meditando sobre la juventud española o salir del coche y liarse a hostias con los tres panolis con los que se acababa de cruzar. La verdad es que no hubiese tenido ninguna dificultad en ello. Pero, como ya he dicho, esta persona es de carácter tranquilo, así que eligió la primera opción.

Y yo me pregunto lo siguiente... ¿qué hubiese pasado si en lugar de irse a casa se hubiese encarado con estos individuos?; pues probablemente hubiese acabado denunciado y en comisaría por simplemente tratar de enseñar algo de respeto y educación de una forma directamente proporcional a la chulería con la que él mismo había sido tratado por parte de estas personas. Es decir, se habría encontrado con la indefensión del tío normal frente a la sobreprotección que se hace a día de hoy de los capullos. Puede que precisamente por eso sean unos capullos, quién sabe.

En cualquier caso a veces un par de hostias a tiempo, y nunca es tarde si la dicha es buena, hacen mucho bien. Además, como dice un colega con toda la razón del mundo: "qué bien sienta cuando alguien se merece una hostia y se la das. Sienta bien verla y darla".

Eso es lo que tendrías que haber hecho tú. Por el bien de la juventud.

sábado, 16 de mayo de 2009

Para echarle una pensada

Aquí os dejo con una afirmación que hizo el periodista, escritor y "maestro de la seducción" Neil Strauss en uno de sus libros, concretamente en El Método:

"Tenemos la extraña idea de que el amor es algo que debe durar eternamente, pero el amor no funciona así. El amor es una energía libre que viene y va a su antojo. A veces perdura durante toda una vida, otras sólo nos acompaña durante unos segundos, un día, un mes o un año. No podemos tenerle miedo al amor sencillamente porque nos haga vulnerables, y tampoco podemos sorprendernos cuando nos abandona. Lo único que podemos hacer es agradecer el hecho de haber podido experimentarlo."

Cuando saque algo más de tiempo publicaré una reflexión personal sobre el libro en cuestión, pues creo que la gran mayoría de la gente lo malinterpreta de muchas y diversas maneras.