
Ayer tuve una conversación telefónica que duró horas -y que, afortunadamente, no pagué yo- en la que hablamos, un colega y yo, de las dificultades relacionadas con la pareja (pues el compañero sufre de ese mal desde hace un mes aproximádamente), de la carrera universitaria de Ciencias del Mar, de escualos (tiburones en lenguaje común) y, finalmente, de la humanidad y las ganas que tienen algunos de que todo el mundo se lleve bien.
Esta persona, intuyo -por lo que le conozco- de buen corazón y con muchas ganas de vivir en paz y en armonía con el mundo, me decía que la violencia no servía para nada y que lo necesario era que todos viviésemos en paz, encontrando un equilibrio entre los pueblos alzados en armas para que al final todos acabásemos siendo coleguitas, o por lo menos vecinos respetuosos, los unos de los otros.
Yo tuve que contestarle que, si bien la opinión sobre la violencia me la reservaba (ese es otro debate), lo que me decía era una utopía en toda regla. Puede parecerme mejor o peor, pero realmente el hecho de "vivir todos en paz y armonía" ni me lo he llegado a plantear al ser ésta una posibilidad inviable. ¿Todo el mundo respetando al de al lado, para que no haya conflictos bélicos ni odios?, si, eso es lo que pensamos los que estamos aquí, rodeados de una rutina tranquila y un entorno estable, pero aquel que, en algún lugar de este mundo, no sabe si su padre va a volver a casa a cenar esta misma noche no creo que lo tenga tan claro...
Su argumento inicial -y único- para defender su postura fue decirme que los animales no se matan entre ellos (de la misma especie, se entiende). Argumento que se fue al garete sin irnos demasiado lejos, porque, de hecho, el cerdo ibérico macho normalmente tiende a cargarse a sus crías recién nacidas, por una cuestión de espacio. Curiosamente, el ser humano también empezó a darse de hostias allá por el Neolítico (hará alrededor de unos 7.000 años antes del nacimiento de Cristo) por cuestiones de espacio. Y, como curiosidad aportada para amenizar esta lectura, comentaré que los cementerios también surgieron, más que por un culto hacia alguien o algo, como forma de reivindicar un territorio.
Bien, pues tras unos cuántos años esa territorialidad también ha evolucionado y se ha convertido en algo más radical; identidad.
Ya se lo dije a mi oyente anoche; que él desde la calle Hermanos García Noblejas en Madrid y yo desde la calle Arturo Soria, también en Madrid, podíamos decir y comentar cualquier hecho bélico y posible solución a él con la racionalidad y la lógica que otorga la distancia. Como yo puedo comentar sin perder los estribos que al vecino del tercero le ha puesto los cuernos la novia. Sin embargo, si yo fuese el vecino del tercero, y por lo tanto la víctima del percal, no me lo tomaría de forma tan racional, lógica y tranquila. Precisamente porque entonces yo estaría involucrado en el tema, y me afectaría de forma directa. Se llaman sentimientos, creo.
Entonces, desde la tranquilidad que nos otorga Madrid, y la tranquilidad que nos otorga el saber que mañana saldrá el sol, que mi padre irá a trabajar como todas las mañánas y volverá como todas las noches a cenar, y que, en general, la gente que aprecio estará bien y mi rutina no se verá alterada en forma negativa de manera radical, yo puedo decir misa sobre el conflicto palestino-israelí, por poner un ejemplo. Pero al moro al que le han volado la casa de un bombazo llevándose a media familia por delante o al judío que ha perdido a su mujer e hijos en un atentado suicida en la ciudad de Tel Aviv, pues no les vas a pedir que sean tolerantes, que respeten y que busquen el equilibrio para que haya paz con el que se ha cepillado a su familia. Vamos, por poder puedes pedírselo, pero su reacción no la preveo agradable. Porque, aunque algunos querrán paz, otros muchos, afectados directamente por la desgracia de que alguien te ha quitado a un ser querido, quieren venganza.
Y para argumentar mi posición con una situación más cercana, puse como ejemplo nuestros tan queridos Balcanes, que están aquí, a la vuelta de la esquina. Se dejaron de matar entre ellos (mención especial para croatas y serbios en este aspecto) hace casi dos décadas, y sin embargo, desde entonces, sigue habiendo fuerzas armadas internacionales -españolas también- en Bosnia preservando un poco el percal, siguen sin enfrentarse equipos serbios y croatas en competiciones europeas de fútbol, y, yo que he estado allí, veo que harán falta otros 80 años para que, poco a poco, la gran mayoría de la sociedad tanto croata como serbia olvide viejos rencores y aprenda, no ya a convivir, sino a tolerar la presencia del otro.
Y, si hace falta un siglo para que dos naciones en pleno corazón del llamado primer mundo (Europa en este caso) logren tolerarse sin que haya que vigilarlas, ¿cuánto tiempo necesitarán las tribus africanas que nadie tiene catalogadas, y que sólo saltan a la luz cuando se llevan a alguna monja europea por delante?. Por no decir, claro, que este mundo no puede estar cien años sin que surja ningún conflicto en ninguna parte.
Sencillamente, somos demasiados.

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