miércoles, 20 de mayo de 2009

La isla

Hace calor. Un calor húmedo. Sin embargo, el viento lo hace todo más llevadero. En realidad, el viento es una bendición, y sin él probablemente ya habría abandonado el lugar. Pero sopla con fuerza, transmitiéndome calma y serenidad. Como siempre.

Y entonces miro lo que tengo delante. Es la inmensidad. El todo. Es el mar. Un mar limpio, brillante, de un azul turquesa atractivo, sin mierda. Más allá atisbo el horizonte, que logra fundir la superficie acuática con el cielo sin que interfiera en el proceso ninguna silueta molesta con forma de petrolero. Nada. No hay nada. No quiero que haya nada.

Lo que ven mis ojos es un canto a la libertad. O a la soledad. En cualquier caso, ambos términos van de la mano, así que qué más da.

Hace ya tiempo que decidí asentarme en este lugar. Dieciocho horas de vuelo en dirección suroeste tienen la culpa. Y tres escalas también. Bueno, y 2.487 euros (tasas incluídas) también. Pero creo que ha merecido la pena. Aquí nadie me conoce, nadie habla mi idioma, nadie me molesta. El trato es el justo y necesario. Yo les suministro lo que tengo y ellos me suministran lo que necesito. Una vez a la semana es cuando veo las caras de los lugareños para darles lo que mi modesta huerta produce a cambio de productos básicos para mi higiene personal. Es extraño, pues ellos me aceptaron desde un principio, aunque con una mezcla de curiosidad y desconfianza. En cualquier caso yo nunca he querido hacerles nada, y ellos me lo han agradecido dejándome en paz. Perfecto, estaba harto de marujas.

No fue fácil cuando lo anuncié en casa. Mi madre llorando, mi padre alucinando con la boca abierta y mi hermano dándome palmaditas en la espalda diciéndome "tú estás pirado, pero ole tus cojones". Todo muy de allí. Todo muy asquerosamente rutinario. Y es que ese fue uno de los principales motivos por los que decidí largarme por las buenas; la rutina. Mejor dicho; esa rutina. Sinceramente, yo nunca entendí a aquellos que aguantan toda su vida tragando la misma mierda. Porque la rutina del mundo occidental, salvo casos excepcionales, se suele convertir en mierda, posiblemente porque siempre estamos más preocupados del rol que nos ha sido otorgado que de ser nosotros mismos.

Y es que tenía por un lado a la familia dejándome caer cada vez con más frecuencia lo de la independencia. "Hijo, ya vas teniendo una edad que, bueno, que igual deberías plantearte salir del nido... por tu bien, claro". Por mi bien, claro. Y por el vuestro, no te jode. Lo podéis decir. De hecho, si me lo decís seguramente me entre algo de remordimiento y me ponga a buscar algo, pero si sólo es por mí... pues casi que me quedo, gracias.

Por otro lado el curro. No era el primer curro. Aquel prometía, y bastante, pero este se reduce a un triángulo: jefe, ordenador, yo. Y por ese orden. Además, nos complementábamos de puta madre. El jefe era un déspota antipático y el ordenador un tocapelotas que se apagaba -y lo seguirá haciendo, supongo- cuando le daba la gana. En la otra mano se encontraba mi ilustre persona y mi pasotismo nato. Un tres en raya, vamos.

En cuanto a los amigos, pues qué le vamos a hacer. Dicen que las verdaderas amistades no se olvidan nunca y yo, por lo menos, confío en que esa premisa se cumpla. Sin embargo, lo cierto es que me dí cuenta durante los últimos años en Madrid que tampoco me quedaban tantos buenos amigos. Muchas risas en el bar, muchos pelotazos, muchas reflexiones, muchas llamadas exigiendo saber dónde estás... pero nada que me atase realmente a nada ni a nadie. ¿Egoísmo?, tal vez. Pero mira, por lo menos lo reconozco, no como la mayoría.

Y luego estaba ella. Quizás la única parte de la rutina que retuvo mi decisión durante años. Tal vez la única parte realmente positiva de la rutina. Ella no me hubiera importado que se viniese, al contrario, creo que hubiese sido una compañía perfecta. Dulce, cariñosa, agradable... con sus cosas, como todo el mundo, pero un buen partido al fin y al cabo. Además, no todos los días se encuentra a alguien atractivo y sensible (quizás demasiado) que se preocupe por tí sin atosigarte en todo momento. No, no era como otras chicas que conocí en su día. Esas te acaparaban, te anulaban, te exprimían y te exigían más de lo que uno podía dar. Pero ella era diferente. Ella me respetaba. Sí, definitivamente hubiese sido una compañía atractiva, pero no quiso venir. No quiso, y no, y no, y no. Maldita cobarde... ¿o quizás el cobarde soy yo, por escapar y dejar todo atrás, sin enfrentarme a mi vida para intentar cambiarla?. Eso me argumentó ella. "Irme a tomar por el culo es cambiar mi vida", contesté yo. Y ahí quedo la cosa. No volví a saber nada de ella hasta momentos antes de salir para el aeropuerto, mes y medio después de nuestro último cara a cara, con el taxi esperándome a la entrada de casa. Una llamada, un escueto "cuídate", lágrimas bien disimuladas y luego el mítico "pi pi pi" de cuando te cuelgan, que esta vez fue especialmente doloroso. Parece ser que la dignidad la había obligado a no alargar la despedida. Bien por ella.

Si he de ser sincero debo reconocer que no son pocas las veces que he pensado en todo eso, en todo el entorno que dejé atrás. De hecho han sido muchas veces las que, antes de dormir, mientras miraba las estrellas, me preguntaba por cada persona que recuerdo. Y aún recuerdo a muchas. En ella pienso cada noche, claro. De todos modos creo que a la larga hubiésemos terminado mal, muy mal. Además, yo nunca la hubiese tratado como a una televisión, a la que obligas a cambiar de canal cuando te aburre. Y por eso precisamente hubiésemos acabado mal aquí en este lugar, porque sin ningún árbitro que tras cada asalto nos mandase a nuestras respectivas esquinas habríamos acabado anulando totalmente esos momentos que pasábamos juntos en Madrid. Allí había enfados, por supuesto que los había, pero también había reconciliaciones. Había, en definitiva, un entorno propio y ajeno a la otra persona que nos ofrecía refugio en los días malos, para luego lanzarnos otra vez a los brazos del otro con los ánimos renovados y el corazón latiendo como en nuestra primera cita.

El mar. La inmensidad. El todo. Calma, calma, calma. Sí, ha valido la pena venirse solo hasta el culo del mundo para estar rodeado de palmeras, arena blanca, montañas vírgenes y gente que no habla mi idioma. La única comunicación con la aldea local, que hace de asentamiento principal en la isla, es un autobús que pasa un par de veces al día. El vehículo se cae a trozos, pero casi mejor, ya que eso es una demostración más de que aquí cualquier intento de vincularse al mundo exterior fracasa, y eso, en mi caso, es un consuelo.

Mientras tanto lo único que alcanzan a ver mis ojos, de pie fuera de mi discreta chabola de madera, es arena blanca, agua de color azul turquesa y un horizonte limpio. Y el silencio.

Abro los ojos. Qué coño es eso, eso no es mi techo de madera. No, es un techo de yeso. Y lo que tengo detrás sonándome al oído es un puto despertador. De dónde coño habrá salido. Espera un momento... las paredes están empapeladas, y mi mesa está llena de libros sobre gentes que habitaron la tierra cuando todo el territorio global se parecía a mi isla. Mierda, estoy en casa. Todo ha sido un sueño. Un paréntesis en mi rutina. Una ilusión.

Pero no te preocupes, porque algún día te encontraré, te lo prometo.


5 comentarios:

Anónimo dijo...

me ire contigo...

Cane dijo...

Pues corre, haz la maleta, que perdemos el avión...

Anónimo dijo...

no tengas tanta prisa...las cobardes necesitamos nuestro tiempo!...
sobretodo para seleccionar qué meter en la maleta =)

Cane dijo...

Mete unas semillas y crema solar. Ah, y pilas para el secador...

Anónimo dijo...

lo voy anotando :)
si te vas acordando de mas cosas...